Compañía Antonio Ruz, contrabajo, mujer y manos que crean sonidos

Música y danza se entrelazan gracias a Bach

La silueta femenina del contrabajo descansa en la semi penumbra, en un entorno negro, roto por el blanco de un rectángulo, una especie de cuadrilátero que dibuja un in y un out, un perímetro donde las cosas ocurren y de donde a veces las cosas también se escapan.

El contrabajo está solo pero no abandonado, espera… No es un objeto inanimado, parece mirarnos desde la escena, contemplando al público que lo espera. El resto del espacio es vacío negro, un sinfín de oportunidades e interrogantes.

Un hombre vestido de blanco que entra en escena pone al instrumento de pie y ambos nos contemplan ahora inmóviles pero vivos. El hombre respira profundo, se concentra, parece ir metiendo parte de su espíritu en la madera y las cuerdas que serán en breve la extensión natural de sus propias manos.

El instrumento se convierte solo en un amplificador del sonido que alberga el músico en su interior y al aparecer ella en escena comienza un incansable quebrarse con cada temblor de las cuerdas. Ella dibuja las vibraciones del instrumento dentro de ese cuadrilátero blanco que ya se ha convertido en un universo en sí mismo. Interior y exterior de ambos y de cada uno de nosotros.

Ella, es Tamayo Akiyama, grácil y liviana, viste un minimalista atuendo beige. Su cuerpo delgado pasa del plano vertical al suelo y recorre el camino inverso sin hacer caso a la gravedad. Si el contrabajo es la extensión del músico, ella es el sonido hecho carne y hueso. Contrabajo con forma femenina y mujer con forma de instrumento de cuerda descansan ambos en un mismo espacio.

Ella es una nota hecha cuerpo, es el sonido, es la música, es la imaginación de él que se ha materializado. Ella sale a veces del cuadrilátero como una nota que se escapa del pentagrama. A espaldas de él y con una mano en su hombro, escucha con ojos cerrados. Las manos de él hacen vibrar las cuerdas y no se sabe quién transmite a quien la energía. Tres elementos que se retroalimentan.

El contrabajo se afana en las Suites para violoncelo I y II de J.S. Bach, adaptadas para su peculiar sonido grave, bajo, poderoso, quejumbroso, llegando incluso a resultar excesivamente hondo.

La iluminación, a cargo de Antonio Serrano es un elemento muy potente en esta pieza, que suma dramatismo en los momentos adecuados y nos ayuda a fabular sobre este espacio ficticio donde transcurre la acción.

La estética de la pieza es delicada, minimalista y elegante, la idea colaborativa es atractiva y magnética. Sin embargo, la coreografía no hace brillar a una Akiyama a quien tuvimos la suerte de verla en otras oportunidades adueñándose de la escena.

La Compañía Antonio Ruz busca desde su nacimiento, allá por 2009, la colaboración con artistas de otros ámbitos. En el extenso curriculum de Ruz figuran nombres como Víctor Ullate o Sasha Waltz & Guests, con quien trabaja en la actualidad compaginando esta tarea con su labor de director de su propia compañía. Antonio Ruz, premio “Ojo Crítico” de danza en 2013, es el que pone la firma a la fabulosa A L’espagnole, que pudimos disfrutar en Madrid no hace mucho tiempo con música barroca en directo a cargo de la Accademia del Piacere.

likeIcono La colaboración entre danza y música sobre el escenario
unlikeIcono La coreografía no hace lucir a Tamayo Akiyama

Función: 19 de octubre del 2016. Conde Duque (Madrid)

Fotos: Noah Shaye

Ficha técnica

Dirección y coreografía: Antonio Ruz
Idea original e interpretación del contrabajo: Pablo Martin Caminero
Danza y colaboración coreográfica: Tamayo Akiyama
Diseño, iluminación: Antonio Serrano
Sonido: Javier Alvarez

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